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El inquietante morbo para ver televisión abierta

¿Por qué vemos la telebasura de Azteca y Televisa, cuando tenemos las joyas de Canal Once? Aquí unas pistas

Ya nadie la ve, dicen algunos al hablar de televisión. Si deseas verte atractivo ante los demás, di que no ves televisión. Es más, hay varias frases que puedes utilizar. Desde apelar a la calidad (“No hay nada bueno qué ver”), a la agitada vida urbana (“No tengo tiempo”) y al contundente argumento que provocará asombro y admiración (“No tengo tele”). Es inimaginable pensar que alguien no tenga televisión en su casa, o que sobreviva sin ella (esto va en serio y con humor, lo aclaro).

Los mexicanos vemos televisión abierta, aunque sean noticias o futbol. Nadie dijo programas de chismes o telenovelas (para que no se ofendan, pese a que asomen el ojo). Es casi impensable que la dejemos de ver en algún momento, aún con internet, Netflix y más. La televisión abierta se podría comparar con el América. Ninguna persona que no sea americanista ve los juegos del club mexicano más odiado y, sin embargo, casi todos opinamos cuando sucede algo. La televisión es un cuarto inagotable para debatir y crear polémica.


La televisión mexicana que es basura


Los millenial como centro del mundo, de la televisión. Eso declaraba el director general de TV Azteca, Benjamín Salinas. Marketing o no, según él la generación entre 21 y 36 años, ocupa diariamente tres horas 16 minutos frente al televisor. Como millenial, lo veo exagerado. A lo mucho, paso una hora. Pero no todos son como yo, y ya no es tan disparatado si pienso en Enamorándonos. El reality show de Azteca para recuperarlos, con la mayoría de sus participantes en ese rango de edad. El programa catapultó su atención como no lo hizo ninguno en décadas, con los ratings más altos por las tardes. No confirma el dato sobre el consumo de esta generación, pero tampoco descarta que genere interés en ellos este tipo de programación. Además, el show dura dos horas. 


El reality no es más que la telebasura que siempre se ha hecho en México. En una línea delgada, cercana a los bodrios de Laura Bozzo. Ahí donde personas comunes exhiben su vida o intimidad, con una historia dramática inverosímil pero que invita al escándalo, al enfrentamiento personal y a la humillación de los participantes.

Sólo que quienes aparecen en Enamorándonos sienten que conquistan a todo aquel que los vea, cuando lo que proyectan es una educación muy deficiente y llena de clichés. Esto es casi replanteado por psicólogos y sexólogos especialistas, quienes opinan después de cada "portal" (como llaman al momento y espacio que divide a dos "amorosos" que se conocen, sin verse). Pero su intervención ocupa un tiempo mínimo y el seguimiento a cada participante es superficial, porque se queda sólo en la sugerencia o comentario.

Desde la renovación de Azteca 7, en octubre de 2016, se convirtió en el programa más exitoso de la empresa. Inició en el canal secundario, y ahora se transmite en el principal de Azteca. El fenómeno no sólo llama en cuáles son las motivaciones para verlo, sino en su monstruosa audiencia, también la que lo critica. Si triunfó, obvio fue porque muchas personas les gusta, pero también porque lo hizo por encima de otras producciones.


Se apostó por Enamorándonos porque no funcionó Nada es lo que parece, el talk-show de Carolina Rocha, donde presentaba temas sociales. No tuvo fuerza al inicio, pero mejoró con la inclusión de los ocurrentes Fernando Rivera Calderón y el monero Antonio Garci. Podía ser algo como el fenómeno Oprah Winfrey en Estados Unidos, pronosticaba Álvaro Cueva, el Mismísimo Crítico de Televisión. Pero el programa fue cancelado, y ahora el primero está en la boca de las personas. Pero a sus críticos, también se les debería preguntar ¿dónde estaban cuando se transmitía Nada es lo que parece? ¿Por qué no se lamentaron por su cancelación? Tal vez ni lo conocían, porque veían Enamorándonos.


Televisa, el rey de la televisión vulgar


La historia de Televisa está repleta de contenidos sensacionalistas, sin nada útil para la sociedad. Con su monstruoso poderío económico, tiene pocas joyas de la televisión. Tuvo que llegar YouTube y Netflix para que vieran que su negocio ya no funcionaba. Desde hace años, intentan cambiar el fondo y la forma. El 2016 también fue trascendental, incluso Emilio Azcárraga Jean lo llamaba "el segundo cambio" en la historia de la empresa. Y se reflejó al modificar su programación e incluir un nuevo formato por las noches, el late night. El formato que siempre se ha intentado en México, ahora venía con Esta noche con Arath. La crítica fue feroz, al compararlo con lo que hace Jimmy Fallon. quizá sin ver el programa a profundidad.

Algo cierto es que la producción, a cargo de Adriana Bello, pecó de pretenciosa. Quiso ser un espacio de libertad, con espacio para la crítica política y cómica. Pero lo hizo al invitar a políticos sin cuestionarlos (Vicente Fox) y burlándose de AMLO, Carmen Aristegui y la CNTE. Nada nuevo de Televisa. Eso sí, fue un experimento más interesante que lo hecho por Israel Jaitovich durante años en la empresa y que, extrañamente, sigue haciéndolo.




El programa de Arath de la Torre salió del aire, y en su lugar pasó a ser la "barra de comedia". Entraron dos series de “comedia”, si así se les puede llamar. Una con Adrián Uribe y otra con “El Burro” Van Rankin, la de este comparada sin razón con Two and a Half Men. (ojalá Dios le regalara algo de esta sitcom, más allá del argumento plagiado). Estas dos ficciones poseen el mismo humor misógino y homofóbico que caracteriza a la empresa. Si algo tenía Esta noche con Arath, era que no compartía este humor.



Las dos comedias se mantienen en la programación, y a su vez se sumaron otras producciones nuevas. Lo único destacable de éstas fue el regreso de Vecinos, quizá la sitcom mexicana mejor lograda. Por tropicalizar el género, con simpática e ingenio. Lástima que sea la adaptación de una comedia española (Aquí no hay quien viva) y caiga en estereotipos de género, como es el personaje de Silvita, la solterona que nunca encontrará pareja. Podría crear carcajadas y cuestionar a partir de ese cliché, como el genial monólogo literario sobre Sheila Levine, pero peca del humor machista de su casa productora.

La tiranía de la televisión mexicana


El morbo televisivo tiene varias aristas, que se amplifican en un discurso autoritario, de nepotismo y machismo. No sólo se ve en el entretenimiento, también está en la política y los pseudoperiodistas-lectores de noticias. La mayoría de los noticieros de la televisión mexicana, los no estelares, son así. Presentan notas sobre robos, muertes, asaltos, y más. Cual puro sensacionalismo transitan Foro TV y ADN 40, pero también Milenio, UNO TV, y cualquier canal informativo. Eso no es lo alarmante si se habla de la crisis de la televisión, sino la vigencia casi incuestionable de quienes aparecen en ella. Igual hasta 2016, Joaquín López Doriga dejó de conducir su tan entretenido noticiero estelar en Televisa, para dar su lugar a Denisse Maerker, periodista con un estilo mucho más dinámico. Pero no una cara nueva.



Algo similar ocurrió con el noticiero matutino de Carlos Loret de Mola. El espacio ya no fue sólo para él, ahora se acompañaría de Enrique Campos y Ana Francisca Vega, el único rostro diferente que se impulsaba en años. La televisión mexicana destaca porque, durante años y hasta décadas, verás a las mismas figuras en pantalla, inimaginable pensar en un comunicador que en tu vida conocías y, pronto, toma más fuerza para convertirse en un líder de opinión. La idea hasta provocaría carcajadas en los ejecutivos de las empresas televisivas.




Los conductores de los programas nunca dejan de ser los mismos. Y lejos del nepotismo que exista, y que promoverán ideas sesgadas de una realidad privilegiada (Andrea Legarreta y cómo la subida del dólar no nos afectará), normaliza que ese es el tipo de caras que se pueden ver en la televisión. Como si cada año, no egresaran comunicadores y periodistas de las escuelas, capaces de conectar con la audiencia mexicana. ¿O en serio estamos encantados con quienes sólo crean polémica sin razón, hacen chistes homofóbicos-misóginos, y se burlan de la economía de quien trabaja más de ocho horas?

Pero la televisión comercial no tiene límites. Si siempre aparecen los mismos, también los veremos en otros canales. Es el ejemplo de Imagen, la cadena más reciente de la televisión abierta nacional, que repite lo que hace Televisa y Azteca. No sólo en formatos televisivos, sino en prácticas. Su noticiero estelar va con Ciro Gómez Leyva, no hay por qué arriesgarse con alguien más. Pero también en deportes, con Javier Alarcón, o en espectáculos, con Gustavo Adolfo Infante. O en comedia política, con Eduardo Videgaray y "El Estaca". Ah, y el talento también dominará en la imagen de hombres.


Canal Once, la televisión que pagamos y no vemos


Si el América le quita reflectores a clubes mexicanos con mucho y más qué decir, lo hace la televisión abierta con el Canal Once. Ese canal público que, cada año, pide a gritos entrar en la mente de los mexicanos. Antes del cambio de nuevo gobierno de AMLO, lo intentaba con publicidad en las calles y el Metro de la Ciudad de México. Algo que nunca había hecho, y ahora es una incógnita si lo vuelva a hacer.

En el gusto por la televisión desagradable y repetitiva, siempre ha existido una alternativa de calidad. Y eso es el Once. Sin guía para descubrir sus joyas y experimentos visuales, hay producciones obligadas y ricas en formatos y contenido. Están las de enfoque social, con Cristina Pacheco (y sus programas “Aquí nos tocó vivir” y “Conversando con…”), pero también el propositivo de Fernanda Tapia (“Hacer el bien”). O Espiral, sobre análisis de temas de actualidad, conducido por Ricardo Raphael y donde fluye la pluralidad a través los invitados.

Pero también interesa la cultura y el entretenimiento. Ahí no tienen pierde el programa de entrevistas para conocer a escritores mexicanos, como es Palabra de Autor y conducido por la escritora Mónica Lavín. O ejercicios únicos como Fest Jumpers, que visita los festivales de música de todo el mundo. ¿Qué decir del único late night que ha traído temas de profundo análisis a discutir por las noches, como es Solórzano 3.0? Ni hablar de la única sitcom de Canal Once, Fonda Susilla, que trajo el humor absurdo e ingenioso a la televisión mexicana.


De las anteriores sugerencias, quizá no has oído varias o ninguna. Es normal, porque casi nadie habla de ellas. Y no sólo son las que destaqué, sino que el canal brilla en propuestas. Lo mismo hay programas sobre cocina y gastronomía mexicana, que de análisis político o recomendaciones culturales y cinematográficas. Incluso con vigencia y que suman varias temporadas.

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Por su precaria difusión, hay una responsabilidad del propio canal y de los periodistas culturales y de espectáculos, pero también de las audiencias. Más aún si se presumen críticas. La televisión mexicana no es Televisa y TV Azteca. No son telenovelas, ni La Rosa de Guadalupe. Es sólo un porcentaje, quizá amplio en cobertura, pero sólo una proporción del inmenso pastel que es la televisión mexicana. A su vez, no sólo es Canal Once, es TV UNAM, es Canal 14 y muchos otros canales públicos. 

Si algo trajo la fuerza de internet, con YouTube y la gama de contenidos de Netflix, fue encender a los directores de las televisoras para pensar en otras posibilidades de entretenimiento. Algunos cadenas lo intentan, como las propias Televisa y Azteca (la primera con el show de improvisación Me caigo de risa, y la segunda con los reality shows de calidad, como México tiene Talento o La Voz México). Pero ese despertar también debe impactar a los espectadores. A darle oportunidad a otro tipo de propuestas televisivas, que existen y no hemos querido descubrir. Si no lo hacemos, seremos personas de esa televisión que según rechazamos, basura y morbosa.
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POR MIGUEL JIMÉNEZ ÁLVAREZ
Editor y Fundador de Oorales

Estudió Periodismo. Para él, la vida es una gran revista que puedes leer cuándo y cómo quieras.



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