La delincuencia chilanga: sin películas ni libros (II)

Un reportaje sobre los programas culturales de las delegaciones de la CDMX más violentas y con más presupuesto económico. 2 de 3



La función de las Fábricas de Artes y Oficios
para acercar la cultura a una sociedad
que vio en la violencia una vida en qué creer
Segunda parte de tres 






2. Los Faros: Historias de sueños y apatía

Hacia La Paz, la Avenida Zaragoza está inundada de vulcanizadoras. Se termina de pasar a lado de una y se encuentra otra y otra y otra. Las torres de llantas descansan junto a mecánicos en la calle. Algunos platican entre ellos, otros sólo observan la avenida, con el cuerpo bañado en grasa, debajo de las lonas que tapan el sofocante sol que quema todo el cuerpo. 

Ni las rejas verde pistacho que encierran árboles a lo largo de una cuadra completa, entre las estaciones del Metro Peñón Viejo y Acatitla, indicarían que existe otro tipo de ambiente en la colonia Fuentes de Zaragoza. Porque este rectángulo perteneciente a la delegación Iztapalapa, inquieta por la cantidad de basura en las calles y aparente abandono. Esa es la fachada del Faro de Oriente. 

Aunque a comparación de otras Fábricas de Artes y Oficios (Faros), como el Faro Aragón y Faro Indios Verdes, donde desde el exterior se percibe otra atmósfera, no sucede así con el trayecto para llegar a ellos. En los tres se tiene que caminar, por lo menos, 500 metros de la estación más cercana del Metro o bien tomar otro camión para llegar. En el camino, se podría pensar que los Faros se instalaron en los lugares más remotos, pero justo si no existieran éstos sitios, las zonas brillarían por la ausencia de un espacio donde se reciba la cultura.

Las Fábricas de Artes y Oficios se plantearon como una oferta de promoción cultural para una población marginada. En una entrevista sobre la inauguración del Faro de Oriente, en el año 2000, el entonces director de Desarrollo Cultural del Instituto de Cultura del Distrito Federal, Eduardo Vázquez –actual Secretario de Cultura de la CDMX y considerado creador de los Faros, junto al poeta Alejandro Aura- señala al diario La Jornada que el objetivo del Faro es "ofrecerles a los jóvenes una posibilidad de formación, ocupación y de expresión al mismo tiempo". Así, los Faros buscan llevar la cultura y la educación a una sociedad que no ha tenido la oportunidad de acercarse a ella. 

En una encuesta realizada por OCCMundial en 2016, señala que ocho de cada 10 mexicanos no se inscribieron a una universidad, ya que el 42% no pudo pagar una licenciatura. 

Cómo la cultura cambia la vida de una persona

A Sergio Jiménez le gusta el rap pero dice que no puede encasillarse en un solo género. Sergio es ingeniero musical por el Faro de Oriente, aunque remarca que él no estudió música profesionalmente. Llegó al Faro desde el año 2000 y no ha parado de desarrollarse. “Yo al menos estuve haciendo cosas malas, y aquí llegue a hacer mis cosas: serigrafía, producción musical. Cambió mi forma de ser y pensar. La cultura sí cambia a la gente”, considera Sergio. 

Claudia Amador piensa por qué la actitud de sus alumnos del taller de “Video documental”, en el Faro Aragón, sea distinta a la que tienen los estudiantes a los que les imparte clases en una universidad privada. “No sé”, responde tras meditar unos segundos. “Me da muchísimo gusto ver su procesos, son personas muy comprometidas, generosas en su forma de aprender: son amables, cosa que no encuentras en las universidades privadas…”, comenta. 

Reyna es coordinadora de comunicación y difusión del Faro Indios Verdes. Está sentada en una banquita con una pierna debajo de otra y la misma comodidad que refleja, la transmite con el entusiasmo al hablar de seres humanos con sueños.    “Gente que deseo ser artista y no pudo ir a una escuela, ahora puede ser artista”, señala. “Ellos vienen y aquí cumplen sus sueños”.

Entonces comenta que han vinculado las obras de algunos alumnos con el Museo Franz Mayer y el Centro Cultural España. Alumnos artistas que son personas reconocidas por el sueño que siempre buscaron. “Es muy satisfactorio ver los resultados. Quizá no son enormes, pero el hecho de que integremos nuevas personas y te den las gracias, que te digan ‘Gracias a ti mi vida es diferente’, eso nos llena de mucha satisfacción”.

La vida real afuera del Faro de Oriente

El Faro de Oriente parte de su clima, distinguible desde que se entra al acceso principal, donde se respira aire fresco, y se deja de lado los 100 metros que lo separan de la entrada, sin techo, para creer que es una nave insertada en otro planeta. De los perros callejeros que resguardan el acceso principal y descansan cómodamente en el piso; a los niños que gritan y saltan por querer pintar; las mujeres que bailan Danza Afro; las chicas y chicos que hacen serigrafía; los adultos mayores que, en una sala con una pantalla de 60 pulgadas, ven la película El coronel no tiene quién le escriba, de Arturo Ripstein. 

“Yo era delincuente”, dice el señor Julio César, debajo de un sombrero de pesca que le tapa el calor que arde en el estacionamiento del Faro de Oriente. “Ahora trabajo, hago de todo. Recojo pet, hago trabajos de albañilería, plomería. Todo esto de aquí lo ordeno…”, dice al señalar hacia la basura y tablas que rodean uno de los rincones del estacionamiento. Junto a él, reposan dos bolsas de color negro.

“De los que están aquí (en el Faro), nadie me dice ‘¿te doy para un refresco?’ Y yo lo hago porque me gusta trabajar… Ve a ellos, hacen como que están jugando y ya están vendiendo droga”, añade refiriéndose a un grupo de adolescentes que platican en una banqueta, justo afuera del Faro de Oriente. “Con trabajo, dale trabajo a la banda. Hacen esto porque es fácil y es lo que hay”, comenta sobre si la violencia se podría combatir con cultura. “Están jóvenes y sienten que no va a pasar nada pero todo en esta vida se paga”. 

De acuerdo a la asambleísta Abril Yannette Trujillo Vázquez, una de cada 5 escuelas en Iztapalapa tiene al menos un estudiante narcomenudista.

De pronto, uno de los adolescentes, delgado y con playera blanca de tirantes y shorts azules, ha subido hasta lo más alto del edificio de cartonería –junto al estacionamiento-, el cual debe rondar los 10 metros de altura. No camina, permanece parado y mueve su cabeza como si buscara algo que perdió. Otro de los adolescentes, junto a un policía del Faro de Oriente, lo ven desde abajo, a la altura de la tierra. Los adolescentes se ríen. El policía no.

“Hasta que llegue la policía, lloren, los metan al tambo y ahí están las familias. ¿Qué culpa tienen las familias?”, dice Julio César. Entonces entra un grupo de adolescentes al estacionamiento; unos con playeras de tirantes, otros sin playera y entre ellos, un niño de aproximadamente 7 años. Todos voltean hacia el adolescente con playera blanca de tirantes y shorts azules. Entre sorpresa y risa, se ven entre sí. El adolescente camina por el techo, como si gozara de cualquier libertad y desapareciera toda ansiedad por caminar sobre 10 metros de altura, para demostrar que puede hacer cualquier cosa.

“Me acuerdo del maestro Jorge Ayala Blanco, que daba clases de cine en un reclusorio…”, comparte Claudia Amador. “Les ponía Canoa, Las Poquianchis… Ayala es un hombre muy provocador. Era muy divertido ver sus propuestas cinematográficas que no eran muy ortodoxas. Se planteó un cineclub con temas que podían integrar y exhibirlas en una sala de proyección del reclusorio”.

Sergio Jiménez cree que el Faro de Oriente podría manejarse de mejor forma, porque es posible y en algún momento fue así. “Antes había un personaje que salía a invitar a la banda… Les decía ‘¡Intégrense. Si les gusta, entren, si no, sálganse!’. Ahora a la administración les vale, si entras a un taller, está bien”. 

Entonces recuerda la época en que había conciertos y propagandas de éstos en las calles, en los metros. “Hay gente nueva que viene y que vivía aquí y que no sabía que existía, creían que era una escuela. ¡¿Cómo la gente que vive aquí no sabe ni qué es esto?!”, exclama extrañado. Sergio lo atribuye a que la administración actual, comandada por el subdirector del Faro de Oriente, José Luis Galicia Esperón, ve mucha gente en los talleres y prefiere limitar el espacio. Sergio Jiménez señala que ahora, si vas a un concierto en el Faro de Oriente, está casi vacío y ya no tienen patrocinadores, los cuales no les daban dinero pero les llevaban material. 

Pienso en las palabras que dice Claudia Amador sobre la felicidad y el cine. Para ella, si el cine no te hace más feliz, te abre la posibilidad de ver que la vida es mucho más grande, con más opciones para vivir. “El cine abre unas ventanas hacia dentro de tu vida, en tu corazón… o hacia afuera, te pone en contacto con otras partes del mundo, con otro tipo gente, otras culturas, y te hace reflexionar sobre tu vida misma, el sentido que tiene vivir la vida que tienes, pensar las cosas que piensas”. 

Entonces recuerdo la imagen del adolescente que sube a uno de los edificios más altos, mientras los demás lo ven. ¿Quiénes les han reducido a éstos adolescentes la posibilidad de ver la vida de muchas formas? ¿Cómo es posible que, justo afuera del Faro de Oriente, aparezca esa otra realidad, que vive en el mismo planeta y es ignorada por el espacio que precisamente presume combatir la marginación? ¿Dónde está José Luis Galicia Esperón, subdirector del Faro de Oriente y Eduardo Vázquez, creador del Faro de Oriente? ¿En sus oficinas? ¿En restaurantes? ¿En su casa? ¿Por qué llamarlo subdirector y no director? Quizá para no responsabilizarse tanto. O al menos nunca vi a José Luis Galicia Esperón en los pasillos. Menos supe dónde estaba su oficina. 

El dilema de los Faros: sobrecupo y desinterés 

¿No funciona el trabajo de las Fábricas de Artes y Oficios? De los cinco Faros, dos pertenecen a la delegación Gustavo A. Madero (Faro Aragón e Indios Verdes) y uno a Iztapalapa (Faro de Oriente), delegaciones que mantienen los índices más altos de delincuencia desde 2012, de acuerdo a las estadísticas delictivas que contabiliza la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México. A pesar de que la creación del Faro Indios Verdes se remonte a 2010 y la de Faro Aragón a 2016, no debería ser excusa, menos en el caso del Faro de Oriente, el primero en ser creado en el año 2000. Sin embargo, ¿dónde quedan las declaraciones de Reyna, que señala que las personas van al Faro Indios Verdes a cumplir sus sueños, o la de Sergio, que nunca estudió música y ahora es ingeniero musical?

Al resaltar los logros, también se deben ver las deficiencias del modelo. Y es que los Faros llegan a tener un sobrecupo de alumnos en sus talleres, que se compara con el desinterés de la gente por asistir a ellos. Los propios miembros del Faro reprochan que las personas no asistan, ya que la promoción es suficiente y la gente no se interesa.  

Por ejemplo, acerquemos a los adolescentes que juegan afuera del Faro de Oriente pero, según Julio César, venden droga. ¿Cómo decirles que se sumen a algunos de los talleres cuando están saturados?

La secretaria María Elvira Castellanos, del Faro de Oriente, indica que cada vez hay más alumnado y que en el momento de la inscripción a los talleres, la fila es enorme. Sin embargo, apunta que cerca del estacionamiento del Faro, hay un comedor gratuito donde también va mucha gente, entre ellos jóvenes. “Vienen los chicos, y dices: ‘¿Por qué no se arriman aquí, a ver si les gusta algo y empiecen?”, comenta. “O ya se acostumbraron a no hacer nada y se les hace fácil”.

Sergio Jiménez señala la mala estructura de los talleres que no consideran a quienes quedan fuera. “Lo malo del sobrecupo es que mucha gente se apunta, pasa una semana y ya deja de venir. Si eran 20, quedan 10. Es algo que dices: ‘Mejor hubieras dejado a otro que en verdad iba a aprovechar el taller”.  

¿Es esa es la vía para acercar a quienes se quedaron fuera? Si se les considerara en una lista de espera, quizá sucedería otra cosa. Ante la pregunta de si es una medida que realicen en los Faros, llamándoles por teléfono a los que se interesaron por tomar el taller, ninguno de los tres (Oriente, Aragón e Indios Verdes) tiene planteado algo semejante. 

Pero, ¿para qué tomarlos en cuenta, si hay un sector al que ni siquiera le interesa la cultura?, es otra de las cuestiones. Belén asiste al taller de Creación Sonora y lleva a su hijo al taller de Teatro, en el Faro de Oriente. Considera tanto la falta de acceso como el desinterés de la gente, aunque está más convencida de la última. “La gente no quiere leer un libro, o hacer cosas que sean recreativas, que les sirvan de otra cosa, que no sean la televisión, los videojuegos, los celulares, la gente está súper perdida en sus celulares…Son las dos cosas, pero más que nada es el querer venir a estos lugares, porque implica tiempo, riesgos, gastos de tus pasajes, pero en sí la convicción de la gente por querer venir y querer superarse”.

Martha Julia Cruz, la bibliotecaria del Faro de Oriente, argumenta que no es una cuestión del Faro, sino de las personas, ya que la gente que vive cerca, no lo visita.  “Vienen más visitantes de municipios como Neza, Texcoco, Chimalhuacán que los propios vecinos”, comenta. “Es el interés de la gente, tiene la difusión necesaria. Estamos por las redes, en todas las áreas salimos a las calles, tenemos una actividad: ‘El Faro en las calles’, para que la gente de otros lugares nos conozca, sale todo el Faro y llevamos actividades a esos lugares”. 

Sin embargo, en ningún lado vi el anuncio de ‘El faro en las calles’. Ni en las instalaciones del Faro de Oriente, ni en su página web. Lo único es un programa de radio que lleva el mismo nombre y que subió RadioFaro a internet, de 2013 a 2014, el cual tiene un contenido basado en la irreverencia y el comentario de anécdotas y temas populares. 

“Vivimos en una zona donde la gente prefiere ir a trabajar para tener dinero y comer el día siguiente, que ir a un evento cultural y mañana no tener qué comer”, plantea Reyna, del Faro Indios Verdes. 

Acercar el cine desde la vida de la persona

La imagen del adolescente arriba de un edificio de 10 metros de altura, no sólo impresiona a sus amigos, sino que sería digna del argumento de cualquier película. Pienso que para acercar el cine, uno primero se debe identificar con él. Antes de considerar que se pueden crear historias, hay que verlas y sentir que nos hablan a nosotros. 

¿Cómo es posible que una niña a la cual asesinan a su familia y hermano pequeño, decide aprender a utilizar un arma para vengarse como sucede en El perfecto asesino(1994), de Luc Besson? Porque el cine es capaz de mostrar historias atrevidas y de paso, decir que la violencia no lleva a nada. O está el ejemplo de Goodfellas(1990), de Martin Scorsese, que no tiene reparo alguno en mostrar desde la primera escena también a un niño protagonista que desea ser parte de la mafia italiana: “Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón, quise ser un gánster", así inicia la película para mostrar toda una historia de crímenes y vicios que llevan consecuencias devastadoras. Por su “importancia cultural”, la película se resguarda en el Registro Nacional de Cine, de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

El crítico de cine Alejandro Alemán considera que hay una relación cine-violencia en la misma medida que hay una relación entre la vida humana y la violencia, ya que el cine es reflejo, no causa. “No creo que debamos pensar en películas ‘pro violencia’ y ‘anti violencia’. Si me preguntas no se me viene a la mente ningún título, o para el caso, todo el cine de superhéroes es pro violencia. No veo el caso de hacer esa clasificación. Tampoco creo que las películas violentas hagan a la gente violenta” 

En ninguno de los talleres sobre cine (de cualquier Faro) se plantea el consumo o la proyección de películas. Entre los talleres con mayor demanda en el Faro Oriente aparecen los de cine, “Videodocumental” y “Producción de cine, tv y animación”, junto a los de literatura en nivel avanzado, como “Narrativa II” y “Poesía II”.

¿La violencia es algo propio de Iztapalapa?

Iztapalapa fue la delegación con más homicidios dolosos en 2016, de acuerdo a las estadísticas delictivas de la Procuraduría General de la Justicia del Distrito Federal. 

“La violencia no es sólo en Iztapalapa, sino ya está en las colonias más reconocidas”, dice Martha Julia Cruz. “Si nos dedicamos a hablar de Iztapalapa, sería en gran parte que tiene un gran índice de madres solteras que salen a trabajar para llevar el sustento y a veces a esos niños los cuidan las tablets, la televisión, las computadoras. Todo ese estrés va generando un clima de violencia, puede ser física o emocional”. 

Algunos de sus habitantes reconocen la situación de la demarcación. “En sí, la delegación es complicada y fastidiosa”, dice Belén. “Hemos visto que en muchos lados hay delincuencia pero esta zona en especial sí es mucho conflicto”.

“Es Iztapalapa y la neta sí es violento, puede estar tranquilo como puede haber problemas”, dice Sergio Jiménez.

La secretaría María Elvira Castellanos cambió su horario de trabajo en el Faro de Oriente. Salía a las 9 de la noche. “Estaba de 3 a 9 y yo ya no quería salir de aquí. Ahora estoy de 1 a 7, ahora que se oscurece tarde puedo correr más tarde”, añade que muchos hablan sobre lo peligroso del puente de Zaragoza, el cual ella prefiere no cruzar o del tianguis del miércoles.

“El miércoles pasado mataron a una persona por aquí”, cuenta. “Mi compañerito vive cerca y dice que cuando oyeron los disparos eran las diez y media, en la mañana. Cuando se asomaron ya estaba la persona tirada ahí. Y era el día del tianguis. Sí está pesadito”.






Author ImagePOR MIGUEL JIMÉNEZ ÁLVAREZ
Editor General 

Estudia Periodismo. Escribe para recordar que olvida. Fan de los relatos sorprendentes, las películas raras y la caja idiota que incluye futbol.


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