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19 de junio de 2017

La vaca sagrada y el tabú freudiano



Por Roxana Sámano Cuevas
@RoxiBonham



Una pregunta recurrente dentro de las discusiones éticas que se establecen alrededor de las academias occidentales es: ¿Por qué parece tan difícil erradicar el problema del hambre? Y, de ser posible, ¿Cómo actuar frente a las sociedades orientales en las que personas debilitadas por falta de proteínas y al borde de la inanición, pasean junto a vacas gordas y bien alimentadas? ¿Qué postura discursiva se debe tomar ante estos acontecimientos que parecen tan lejanos a la actitud occidental?

Según Marvin Harris, el culto a las vacas es la causa número uno de la pobreza y el hambre en la India. Esta arbitraria sentencia parece no considerar la visión religiosa que los pueblos hindúes tienen frente estos animales, y desde una lectura occidentalizada, la actitud hacia las vacas se traduce en lo que nosotros llamamos tabú.

Para Sigmund Freud, se le llama tabú a todas aquellas nociones que corresponden al carácter sagrado (o impuro) de personas u objetos; a la naturaleza de la prohibición que de este carácter emana; y a toda santidad (o impurificación) resultante de la violación de la misma.

En la mayoría de las sociedades, el tabú funge como un normalizador. Incluso, en algunas ocasiones cuenta con una legislación que promueve el respeto a ciertas instituciones sociales con el fin de evitar la violación de estas.

El tabú subsiste como una forma de regulador que arraiga creencias adquiridas por la inmersión social, las cuales ayudan a fortalecer conductas consideradas virtuosas dentro de una comunidad y que corresponden con la totalidad de normas establecidas dentro de la misma. 

El carácter hereditario del tabú es fundamental en la manera en que éste se concibe, ya que su violación no solo implica un castigo individual que trae como consecuencia un sentimiento de auto rechazo e indignación, sino que implica también un quiebre simbólico con el núcleo familiar y con los valores forjados dentro del mismo.

Sigmund Freud


Dentro de nuestro contexto, el culto a la especie vacuna parece irracional e incluso burlesco. Mientras que en América y Europa la industria bobina se vive como algo natural y cotidiano, al considerar a las vacas como una fuente de nutrición indispensable, en la India se venera como una figura equiparable a las deidades, se les nombra y se les da prioridad en los espacios públicos al asociárseles directamente con Krishna y Shiva, deidades populares dentro de la cultura hindú.

Freud afirma que la actitud afectiva ambivalente, que caracteriza el complejo paterno en los niños y perdura muchas veces en la vida adulta, se extendería, pues, también al animal totémico considerado como sustitución del padre. La figura del dios Shiva se presenta de manera ambivalente; por una parte, Shiva es el dios de la destrucción y del caos, pero también el dios creador. 

Al representar la figura del padre, los hinduistas están obligados a rendirle culto a una figura divina que a su vez temen por ser la encargada de regular las tempestades.

Ya que a cada dios es consagrado generalmente un animal y a veces varios, el hecho de que Shiva sea el representante del padre en un nivel supra terrenal, no lo exime de los sentimientos dicotómicos que se presentan ante el padre terrenal. Cabe mencionar que Shiva es también el dios de los animales, por consiguiente, simboliza a un protector de la especie vacuna en un nivel superior y la protección de las vacas se respeta también como una forma de honrar a Shiva y a Krishna.

El antropólogo estadounidense Marvin Harris denunció el abuso que ejercían los integrantes de la sociedad hindú sobre las vacas a las que supuestamente adoraban. Él afirmó que existe una sobre explotación ejercida por parte de los campesinos hacia las vacas principalmente por ser estas las principales productoras de leche. También denunció el maltrato que sufre el ganado senil y estéril y la forma en que a estas se les sacrifica mediante austeros métodos que consisten en lastimar sus ubres hasta que mueran de una infección o simplemente amarrándolas a un árbol para que el proceso de su muerta suceda de manera “natural”.

El psicoanálisis nos ha revelado que el animal totémico es, en realidad, una sustitución del padre. Desde una mirada freudiana, el hecho de que la relación persona-vaca se viva de una manera tan ambivalente en la India, se remite a que la figura del padre se manifiesta como un símbolo de poder que por una parte produce respeto, amor y adoración, y por otra, debido al carácter subyugador inmanente en éste, también despierta sentimientos de terror y amenaza que devienen en una necesidad de exterminio. 

Shiva

El lugar que ocupan los cebúes en la India ha propiciado la emergencia de una lucha constante entre los seres humanos y los animales por un espacio propicio para el desarrollo de ambas especies. 

Las personas sufren daños económicos a costa del total respeto a su religión. Dichos daños no impiden que la figura de la vaca como animal sagrado siga siendo uno de los principales fundamentos sobre los que se funda su religión; por el contrario, los perjuicios ocasionados por los millones de cebúes que transitan libremente por las calles, acentúan su  sentido de tabú al manifestar fácticamente su condición de símbolo amenazante y peligroso, reafirmando así su poder.

En las festividades efectuadas en honor a Krishna, los sacerdotes moldean la imagen del dios con estiércol de ganado. Desde una postura occidental, este tipo de rituales pueden parecer totalmente extraños e incluso desagradables, pero lo que implica para ellos es un ritual de adoración terrenal que aspira a ascender al espacio supra terrenal en el que se encuentra la inasequible imagen del padre.

En cuanto a la prohibición de la ingesta de la carne de vaca, ésta se relaciona directamente, según Sigmund Freud con el canibalismo. Al ser la especie vacuna la representante del padre en un nivel terrenal, el hecho de comer su carne, implica una transgresión directa sobre la imagen totémica que ésta representa y trae como consecuencia el castigo de los dioses, así como también de los coetáneos testigos del acto.

Como conclusión, es fácil resaltar que en todas las sociedades –occidentales u orientales- permea la figuran del tótem y el tabú freudianos como símbolos que implican respeto a la vez que producen amenaza por considerarse prohibidos y sacrílegos a la vez que son adorados y santificados.


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