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22 marzo, 2017

Ruby Sparks y el amor idealizado




Escribir ficción no está para nada alejado de relacionarse con las personas o tener una pareja sentimental. La mejor muestra es Ruby Sparks: La chica de mis sueños, una película que plantea cómo buscamos el ideal en nuestras relaciones, antes de ver la realidad.

Si bien esa es la ventaja que ofrece la ficción por encima de la vida, hacer un mundo desde nuestros deseos, odios y como creemos tiene que ser. Pero justamente por eso la respuesta: porque la vida no es ni puede ser así. Pensar que podemos aplicar lo mismo que en la ficción es arriesgarse a caer en profundas decepciones.


Si la trama de la película exhibe metaficción al poner a un joven escritor como Calvin Weir-Fields (Paul Dano), quien tras un bloqueo creativo comienza a escribir un personaje femenino, como es la chica que aparece en sus sueños y en su vida, también es brutal en demostrar la imposibilidad de moldear a una persona a nuestra manera.

Porque es ahí donde más brilla la película: en los momentos donde Ruby Sparks (Zoe Kazan) no actúa como Calvin lo desea e incluso es completamente diferente a lo que él ha imaginado.



Entonces vemos la peor cara de las relaciones amorosas: esa que difícilmente pensamos al iniciar la relación. Porque si Ruby Sparks inicia con un Calvin bastante solitario, destructivo y con pocas habilidades sociales que se borran cuando aparece Ruby Sparks, éstas se manifiestan en cuanto la relación decae.

Y es que, si bien relacionarse sentimentalmente con una persona es abrirse a otra mente y otro círculo social, también es encerrarse en un mundo propio en el cual se quiere estar y no salir de él.



Cuando Ruby Sparks: La chica de mis sueños parece concluir con una oscuridad convertida en un final despiadado, donde nadie se salva, da paso a una conmovedora alternativa que sugiere la calma y la incertidumbre propia de la vida con la que se podrían abordar las relaciones amorosas, contraria a la creación de expectativas idealistas que sólo desanimarían.

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“A veces, Dios permite las tragedias. Él permite que la tierra se seque y que

los tallos crezcan desnudos. Le permite a Satanás que desate el caos.

Pero no permite que triunfe.”


Max Lucado




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