EL CULTO MARGINAL: La televisión lúcida



La televisión no está asociada con la reflexión, 
menos si no parte de una crítica hacia el sistema.
Estas dos series de ficción demuestran que es posible 
una televisión divertida e inteligente



Black Mirror es una miniserie creada en 2011 por Charlie Brooker (humorista y guionista que pasó por The Guardian como columnista, además de hacer la miniserie Dead Zombie –una versión de Big Brother pero con zombies). Narra cómo la sociedad actúa en el mundo contemporáneo lleno de tecnología por donde se vea y cómo repercute ésta en las personas. Todo a través de la crítica social, la imaginación, la reflexión y el humor. Se ambienta en una vida cotidiana con toques futuristas, pareciéndose cada vez más a una aterradora realidad. 

Cabe destacar que cada capítulo cuenta historias independientes. Los episodios se pueden ver como una pieza única que resalta por sí misma. Es complicado pensar en una serie de televisión crítica, creativa y atrevida, que utiliza la ironía y la parodia. Todo junto en una cosa. Ahí estaban Los Simpson —una referencia de la televisión— pero de ahí en fuera, nada. Las ideas abundan en Black Mirror y no se puede catalogar como una serie de drama o “dramedia” –producciones que combinan el drama y la comedia. Esta miniserie británica es mucho más que un género (igual que Los Simpson no sólo es una comedia). De difícil clasificación, sólo puede verse como algo único e inaudito en la televisión. 

Con argumentos tan atractivos y originales —dignos de cualquier creación literaria— se presenta con tres episodios en cada una de sus dos temporadas. Una recomendación útil para acercarse a Black Mirror es hacerlo sin saber mucho de qué van sus capítulos –quizá sólo las sensaciones que generan éstos. Así, para no revelar siquiera su sinopsis y dejar abierta la posibilidad de la sorpresa, el comentario es hacia un panorama general. 





PRIMERA TEMPORADA

El capítulo 1, “The National Anthem”, cuenta con un argumento increíble. Un thriller político donde desde los primeros minutos nos enteramos del suceso que desconcierta y lleva la trama. La simple propuesta de la historia es una imagen que se introduce en la mente. Crítica y reflexión sobre la imagen que tenemos de los presidentes (fríos, egoístas, tiranos), el efecto de Twitter en un asunto público, la locura y más. 

En el caso del segundo capítulo, 15 millones de naves, combina la televisión y los juegos virtuales. Es una sátira sobre los programas de entretenimiento y cómo vemos éstos, con una historia rica en temas: el amor, la soledad, la manipulación, el nulo respeto hacia lo diferente con la consecuente burla que incluye satisfacción propia. Desde ahí, se muestran ideas sobre la propiedad de los objetos, las aptitudes y la altanería de las personas. Mención aparte, la genial parodia a los “realitys musicales”, donde los jueces se sienten seres extraordinarios como para decir y hacer lo que quieran en su función. Mucha reflexión en este capítulo.

El último episodio de la primer temporada. Tu historia completa, concluye con un planteamiento que, de nuevo, impresiona y lleva al espectador hacia la forma como nos relacionamos. Si bien trata la  falsedad e hipocresía de algunas relaciones amorosas, lo interesante es la forma en que se descubren éstas, a través de un objeto único que tienen las personas. 


De difícil clasificación, Black Mirror sólo puede verse como algo único e inaudito en la televisión


La primera temporada de Black Mirror tiene un efecto hipnótico. Y cómo no habría de producirlo, si posee uno de los pilotos más impresionantes que se haya visto en cualquier serie de televisión. La obra de Charlie Brooker puede presumir de ser arriesgada en un medio que no suele atreverse tanto a innovaciones, tanto de contenido como de formas. Así la ha definido el creador británico: “Por encima de todo, Black Mirror es entretenimiento y sátira. Son historias dramáticas, aunque también hay humor, que a menudo tiene un aire bastante sombrío. No acusamos con el dedo, en plan ‘Toda la tecnología es mala’. No es eso. Buscamos explorar posibles ¿Y si…?”

Lo anterior no sólo le ha valido el elogio de una figura como Stephen King, quien se manifestó en Twitter: “Me encantó Black Mirror. Aterradora, divertida, inteligente. Es como The Twilight Zone pero con contenido más adulto”. Incluso la miniserie ya ha sido objeto de estudio en varias universidades, como las de Valencia, Madrid, y Salamanca, en Espala y la Universidad de Buenos Aires, en Argentina.  



La segunda temporada de Black Mirror se presenta con historias más imaginativas, llenas de giros y subtramas que sorprenden. Con la afilada y rebelde visión de Charlie Brooker vemos nuevas ideas y críticas sobre las redes sociales, la tecnología y, por supuesto, la influencia de éstas en las personas. 

Si algo habría que diferenciarla con la primera temporada (impresionante y perturbadora por ver el límite inexistente de los aparatos tecnológicos), es en el desarrollo de los capítulos: profundiza en cómo nos dejamos llevar por la tecnología y disfrutamos con el entretenimiento. Por lo regular, sin una reflexión de cómo lo hacemos. 


Los creadores de Black Mirror saben de la condición humana y de lo que está hecho el hombre: cómo se relaciona con los demás y cómo la evolución tecnológica lo perjudica esas relaciones

El primer capítulo, Vuelvo enseguida,  toma de nuevo las redes sociales como eje para Inquietar. Hace temblar no sólo la forma en que se sugiere la propuesta, en palabras del creador Charlie Brooker:  “¿Te imaginas que una vez muerto, tu Twitter o Facebook se actualizaran solos? ¿Y si existiera un software que imitara tu personalidad?», sino el mismo desarrollo de ésta: que sorprende, conmueve y desgarra. Una crítica hacia el uso y el reflejo que damos de nosotros en las redes sociales. 

El segundo capítulo, Oso blanco, resalta por cómo se conduce al espectador hacia las acciones que ocurren. No hay duda que uno está encantado por la representación de la masa con sus celulares en la mano. Pero, después de la fascinación, llega el cuestionamiento. ¿Por qué le sucede eso a la protagonista?.  Aparece el final y se piensa: “¡No, bueno... Esto es Increíble!”. De nuevo sorprende para llegar con la crítica de cómo vemos el entretenimiento y la sentencia para quienes cometen un crimen. 

El momento Waldo, capítulo con que concluye Black Miror, es una historia que -como las anteriores- seduce por su planteamiento: un oso animado entrevista a políticos y personajes de actualidad en un late nigth. Con un estilo sarcástico, los deja mal parados frente a los demás, quienes se ríen del entrevistado. Este oso llamado Waldo toma tintes políticos que complican la acción y sugieren la forma en cómo la sociedad se decanta por uno u otro candidato. Quizá la resolución quede corta pero todas las situaciones que palpitan y hacen pensar, no tienen pierde. 

Hay elogios hacia Black Mirror por todos lados. Tanto de la crítica como de los espectadores, existe la aceptación y admiración. Y es que no sólo exhibe cualidades técnicas en cada uno de sus escenarios e imágenes futuristas, sino que impacta la capacidad con que se adaptan ideas y sensaciones a historias narrativas. Los creadores saben de la condición humana y de lo que está hecho el hombre: cómo se relaciona con los demás, se daña a sí mismo y cómo la evolución tecnológica que perjudica sus relaciones sociales. Una joya única e imprescindible. 

La inclusión de un producto como Black Mirror es algo valioso para la televisión. Prueba de que es posible hacer una serie crítica y entretenida; propositiva y humorística; polémica pero también con una inventiva arriesgada.  Black Mirror es algo distinto a cualquier cosa vista en televisión y eso debe verse y agradecerse. Por fortuna, Netflix se ha dado cuenta le encargó 6 capítulos para una temporada exclusiva, planeada para este 2016. Lo único que habrá que ver es la rigurosidad de los capítulos. La serie, inexplicablemente, no tiene un canal fijo de transmisión, aunque dos canales en México (uno privado, otro de televisión abierta) la suelen transmitir.


Leélo completo en el número 1 de El Culto Marginal. 



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